Autora: Toña Sala
Publicado en la revista Mente Sana.
Érase
una vez, hace ya algún tiempo, que fuimos niños. Y antes que niños fuimos
bebés. Imaginaos un momento de nuestra existencia en que no sabíamos hablar ni
entender las palabras que nos decían. Cuando mamá y otras personas nos hablaban
las palabras nos “tocaban” produciéndonos sensaciones que nos resultaban
agradables o desagradables. Igual nos ocurría con las miradas, cuando mirábamos
a mamá y mamá nos miraba notábamos sensaciones
con las que nos sentíamos alborozados, estimulados, contentos,
pesarosos... . La mirada de mamá se fue convirtiendo en un espejo que nos
devolvía imágenes de nosotros mismos y del mundo.
A
través de estas miradas y de esas
palabras poco a poco fuimos construyendo en nuestro interior los cimientos de
nuestro autoconcepto, ingrediente esencial de la autoestima. Cuando mamá nos
decía “eres precioso” en un tono juguetón y su mirada era alegre sentíamos que
era algo agradable, poco a poco interiorizamos algo bueno de nosotros mismos.
La mirada de mamá también nos ayudaba a saber qué teníamos que hacer con otras
personas y con los objetos. Así, cuando alguien nos ofrecía algo, un juguete,
una galleta, mirábamos a mamá, si la mirada de mama sonreía, entonces lo
aceptábamos.
La
mirada de los adultos es el espejo en el que los bebés y los niños se miran, la
imagen que les devolvamos de ellos mismos y del mundo les acompañará siempre,
devolvamos pues imágenes positivas que contengan amor y les hagan sentir
confianza.