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martes, 23 de abril de 2013

DESCUBRIENDO NUESTRA SOMBRA

Artículo publicado en la Revista Mente Sana
Autor: Sergio Huguet 


 

Todo niño nace con lo que podríamos llamar una personalidad de 360º, es decir, con una naturaleza tal que le lleva a manifestar sus emociones y deseos con plena autenticidad desde su centro en todas direcciones. Pasa sin ningún tipo de reparos de la alegría a la tristeza, del egoísmo al altruismo, de mostrarse valiente a cobarde, de gozar con la maldad a hacerlo con la bondad, del orgullo a la humildad, de tener grandes ansias de poder a mostrar una increíble capacidad de abnegación, de recrearse en la laboriosidad a abandonarse en la indolencia, de mostrarse simpático a comportarse antipáticamente. Pero los padres, que no pueden evitar tener expectativas, deseos, necesidades y sentimientos respecto de la conducta del niño, van a ir  poniendo una serie de límites en uno de los polos de cada una de estas dimensiones, consiguiendo que el niño vaya poco a poco disminuyendo la intensidad con la que manifiesta su espontaneidad y autenticidad.
 
Por ejemplo, en la dimensión del egoísmo y el altruismo, posiblemente limitarán al niño en el polo del primero, el egoísmo, reforzando su comportamiento en el polo del segundo, el altruismo. “Luisito, no tienes que ser egoísta, tienes que dejar tu bicicleta a tus amiguitos”, le dirán. De esta forma, Luisito comenzará a muy temprana edad, como nos ha pasado a todos, a tratar de polarizarse en una sola de estas dos direcciones, a ser altruista y no egoísta, teniendo que desterrar a los confines de su psiquismo toda una serie de sentimientos y deseos indeseables para sus padres. En cierto sentido tendrá que traicionar esta primera y primaria naturaleza suya para no perder el afecto de estos.
 
La línea que divide lo que es aceptable y lo que no lo es, es distinta para cada persona, para cada familia y para cada cultura, pero la existencia de esta tendencia a sancionar determinadas formas de ser y de sentir, obligando así al niño ha ocultar en una habitación oscura todos esos sentimientos indeseables, deseos inconfesables, fantasías vergonzosas, es igual para todo el mundo.
 
Esa habitación en la que hemos ido desterrando todo lo “indeseable” de nuestra personalidad, es una habitación que tiene restringido el acceso al director de nuestra personalidad consciente, a nuestro Yo. Dicho de otro modo, el contenido de esa habitación es inconsciente y el Yo no está en condiciones de asumir de forma directa su contenido. Fue el psicólogo suizo Carl Gustav Jung quien afirmó que esta habitación oscura, a la que él denominó sombra, era un arquetipo de nuestra mente, es decir, una realidad que forma una estructura constituyente del psiquismo del ser humano.
 
Cuanta menos conciencia tenemos de la existencia y contenidos de nuestra sombra, más puede esta llegar a convertirse en una especie de segunda personalidad que acabe teniendo un poder muy grande sobre nuestra personalidad total, cual Sr. Hyde en la vida del Dr. Jekyll. De hecho, es el desconocimiento de este aspecto de nuestra realidad y su mala gestión lo que constituye la fuente principal de la que emanan la mayor parte de los conflictos humanos. Por ello se hace necesario que desarrollemos las habilidades pertinentes que nos permitan ser capaces de explorar, conocer y comprender nuestra propia sombra. Tal es el objetivo de este escrito.
 
Pero la cuestión es, ¿cómo conocer nuestra sombra si estamos diciendo que es inconsciente? “¿Cómo puedes encontrar a un león cuando te ha devorado?”, preguntaba Jung. Pues existen varias formas, veamos tres de ellas.
 
La primera que señalamos consiste en solicitar feedback a los demás. Si aceptamos que nos resulta bastante fácil observar la sombra de los demás, es decir, que tenemos una cierta habilidad para detectar “la suciedad en casa del vecino”, una suciedad que nos sorprende que él no pueda ver, e incluso si se lo señalamos rechazar con vehemencia, podremos aceptar que los demás tienen la misma facilidad para observar la suciedad en la nuestra, esa que con tanto esmero tratamos de ocultar ante los ojos de nuestros vecinos. “El hombre sólo es rico en hipocresía. En sus diez mil disfraces para engañar confía; y con la doble llave que guarda su mansión para la ajena hace ganzúa de ladrón”, escribía Machado. Es decir, que de igual forma que yo le veo la espalda a todo el mundo pero ellos no se la pueden ver, yo tampoco veo la mía pero ellos me la pueden ver a la perfección. Por ello, saber cómo nos ven puede ser una de las formas más eficaces de tomar conciencia de nuestra sombra personal. Para ello son necesarios dos requisitos. El primero, estar abierto a la información que nos den sin levantar nuestras defensas psicológicas. El segundo, que la información que nos den sea hecha desde el respeto y el deseo genuino de ayudarnos, motivo por el cual es importante buscar las personas adecuadas, amigos, familiares, gente en la que confiemos.
 
La segunda forma podría ser examinar los «lapsus» verbales que cometemos. Todos en alguna ocasión habremos cometido un acto fallido o lapsus linguae. Son expresiones involuntarias que nos ponen en un aprieto, momento en el que solemos decir cosas tales como: “no sé cómo he podido decir tal cosa” o “es lo último que yo habría querido decir”. Si somos capaces de trascender la justificación y nos permitimos reconocer esa expresión como parte de nuestra sombra, podremos tener una fotografía bastante fiel de ella. En cierta ocasión un profesor, dirigiéndose a una hermosa alumna, en vez de decirle lo que era su intención, a saber: “respecto de tu aportación, yo te comentaría” le dijo: “respecto de tu aportación, yo te comería”, lo cual era sin duda una intención más coherente con su sentir profundo. ¡Así de burlona y cómica se muestra en ocasiones nuestra sombra!  
 
En tercer y último lugar proponemos, como forma de poner luz sobre nuestra sombra, desvelar el contenido de nuestras proyecciones. Todos habremos visto en alguna ocasión en ciertos bares o discotecas cómo funciona una luz negra, esa que hace resaltar con intensidad el blanco de las zapatillas, las camisetas etc. Pues bien, de la misma forma que la luminosidad de esa luz negra no se la puede apreciar mirando directamente a su fuente, a la bombilla, sino a través de los efectos que produce en los objetos blancos sobre los que se proyecta, la esencia de la sombra tampoco es aprehensible directamente por nuestro Yo consciente mirando sobre nuestro interior, sino sólo a través de observar cómo la proyectamos sobre los demás, como resplandecemos en el otro.
 
Por eso, cuando nos encontramos con una persona, a lo mejor casi ni la hemos tratado, y experimentamos un desagrado profundo por algún aspecto de su ser, podemos estar seguros de que nuestra sombra está hablando. Lo que rechazamos en esa persona es lo que rechazamos en nosotros. Posiblemente Luisito, que de pequeño deseaba tener su bicicleta para él sólo, sin tener que compartirla con los demás, por lo menos no desde la imposición a la que lo sometían los papás, ahora de mayor se siente muy incomodo, tanto que incluso se sorprende, cuando por ejemplo en un autobús ve que un joven no se levanta para cederle su asiento a una señora mayor que viaja de pie. Aunque no lo sabe, Luis está mirando a ese joven desde los ojos de sus papás internos, esos que le decían que fuera solidario y compartiera su bicicleta. Y lo mira como si ese joven fuese Luisito aferrado a su bicicleta, a su asiento, a su egoísmo.
 
Hemos visto lo importante que es que podamos integran el contenido de nuestra sombra para evitar que el Sr. Hyde campe a sus anchas y dirija nuestra vida a su antojo. También hemos mostrado tres posibles formas de conocer nuestra propia sombra. Pero para tener éxito en esta empresa es fundamental no caer en el error de creer que lo que hay en la sombra es lo malo de nosotros y lo que existe en nuestro Yo consciente es lo bueno. Con esta premisa es difícil que nos permitamos reconocernos. Cuando así pensamos estamos utilizando un esquema de pensamiento infantil, simplista y rígido. No olvidemos que bajo el ropaje de los demonios en que se nos presenta la sombra podemos encontrar, si nos arriesgamos con respeto e interés genuino a conocer nuestra sombra, unos ángeles dispuestos a ayudarnos en el proceso de convertirnos en personas más completas e integradas.
 
Un día el Mal se encontró frente a frente con el Bien y estuvo a punto de tragárselo para acabar de una vez con aquella disputa ridícula; pero al verlo tan chico el Mal pensó: “Esto no puede ser más que una emboscada; pues si yo ahora me trago al Bien, que se ve tan débil, la gente va a pensar que hice mal, y yo me encogeré tanto de vergüenza que el bien no desperdiciará la oportunidad y me tragará a mí, con la diferencia de que entonces la gente pensará que él si hizo bien, pues es difícil sacarla de sus moldes mentales consistentes en que lo que hace el Mal está mal y lo que hace el Bien está bien.” Y así el Bien se salvó una vez más. Augusto Monterroso.
 
 
 
 

miércoles, 17 de abril de 2013

El poder de la imaginación

En una ocasión escuche a una sexóloga decir que, en cierto sentido, el sexo se compone de rozamiento e imaginación. Si esto es así creo, después de ver este vídeo, que la imaginación tiene mucho más poder que el rozamiento, ¿no te parece?
P.D. Es en inglés pero no hace falta entender el contenido para comprender el mensaje.

       
 
 

martes, 16 de abril de 2013

Vivir el presente

Publicado en Mente Sana
Autor Sergio Huguet
 

Uno de los principios más importantes que los grandes sabios y maestros espirituales de oriente han incorporado en su proceder diario como forma de alcanzar una existencia más plena, ha sido el de mantener una mente centrada en el momento presente. Su planteamiento es el de tratar de vivir una vida en pleno contacto con el aquí y ahora, sin dejarse arrastrar por la tendencia habitual de la mente hacia, por una lado, un rumiar una y otra vez experiencias del pasado y, por otro, un fantasear constantemente acerca de los acontecimientos del futuro.

Es una obviedad decir que la vida sólo existe en el momento presente, que nadie puede vivir ni en el pasado ni en el futuro, que toda nuestra vida se desarrolla en un presente continuo. Pero si bien esto es cierto, no lo es menos el hecho de que gran parte de nuestra existencia la pasamos orientados psicológicamente, bien hacia el pasado, bien al futuro. Me refiero aquí a orientaciones que resultan disfuncionales o problemáticas, puesto que el acto en sí de recordar o anticipar, por sí mismos, no son perniciosos, todo lo contrario, son facultades extremadamente útiles para el ser humano. Veamos pues algunos de esos casos en los que pueden llegar a ser perjudiciales. Respecto del pasado hablaremos, brevemente, acerca de las añoranzas y las inculpaciones y, en relación al futuro, lo haremos acerca de las preocupaciones y las expectativas, siendo en estas últimas, en las expectativas, donde nos centraremos mayormente.

 

Una de las formas nocivas en la que nos orientamos psicológicamente hacia el pasado es a través de las añoranzas. Se trata de un intento por re-vivir, es decir, volver a vivir, momentos agradables que ya pasaron, de volver a experimentar  aquellos sentimientos que una vez tuvimos. Y esto en sí no es nada malo, el problema surge cuando existe una relación según la cual, a peor estamos aquí y ahora, más tendemos a irnos allí y entonces, de suerte que irnos allí, al pasado, añorar, es una forma de evitar estar aquí. Cuando esta forma de proceder se convierte en un estilo de afrontamiento ante las situaciones difíciles, cuando la respuesta habitual que damos es un recordarnos constantemente lo que perdimos y que ya no tenemos,  el resultado que conseguimos es, lejos de volver a vivir las mieles del pasado, comenzar a vivir las hieles del presente en forma de tristeza.

Otro proceder por medio del cual también vivimos orientados psicológicamente hacia pasado de forma insana, es a través de una forma particular de autoinculpación. Veámoslo con un ejemplo. Un joven estudia una carrera determinada y cuando la acaba y se encuentra con dificultades para encontrar trabajo, comienza a decirse que no debería haber estudiado una carrera con tan poca salida profesional, que debería haber estudiado tal otra, etc. De nuevo aquí puede ser ésta una acción sana o no. Si este pensamiento es puntual y lo utilizamos para sacar una conclusión y aplicar el aprendizaje en el momento presente, es decir, aprender de la experiencia, fenomenal. El problema viene cuando nos quedamos anclados en la inculpación y no conseguimos extraer el aprendizaje de dicha experiencia. Como dice el refrán, agua pasada no mueve molino, es decir, es un ejercicio estéril y agotador. Además, al igual que en el caso anterior, es una forma de evitar mirar de frente al presente y afrontarlo con resolución. Podemos decir que, cuando esta forma de proceder se  convierte en un estilo de afrontamiento consistente, el sentimiento que conseguiremos experimentar será, casi con toda seguridad, el de culpabilidad.

Una de las formas más comunes que existen de orientarse mentalmente hacia el futuro es a través de las preocupaciones. Pre-ocuparse es ocuparse de algo antes de que ocurra. De esto saben mucho los padres. Cuando los hijos comienzan a salir de casa y a aventurarse en el mundo, ellos tienen una cierta predisposición a anticipar todo tipo de posibles problemas. Hasta que los hijos no llegan por la noche a casa y se meten en la cama, no descansan, suelen decir. Mientras el hijo está fuera la mente de los padres es un hervidero de imágenes un tanto catastrofistas. Aquí también podemos encontrar una función sana y una insana. Si la anticipación del posible problema nos lleva a tomar medidas por anticipado que puedan paliar los posibles efectos nocivos del mismo, pues hemos conseguido reducir los riesgos. Ahora bien, si lo que hacemos no es más que darle vueltas una y otra vez a lo que tememos que suceda, lo que estamos consiguiendo no es más que torturarnos a base de re-vivir una y otra vez el posible suceso. La frase preferida de estas personas es la de: “y si…” Por ejemplo, “y si… se sube con alguno que vaya bebido y tiene un accidente”. Aunque este “y si…” es un planteamiento probabilístico, el hijo puede o no que tenga ese accidente, el planteamiento encierra un mensaje oculto, una afirmación catastrofista: “casi estoy seguro de que se va a subir y va a tener ese accidente”. En este caso, cuando este proceder se convierte en una regla de funcionamiento, los sentimientos más habituales que logramos experimentar son los de la angustia, la ansiedad y el miedo. Una vez trabajé con un paciente que estaba intensamente pre-ocupado por cómo iba a manejarse en una primera cita con una mujer. Cuando le pregunte cuándo había quedado con esa mujer, me dijo que no había quedado con ninguna, pero que le preocupaba muchísimo.

Finalmente tenemos, como otra forma de orientación hacia el futuro, el proceder que realizamos cuando nos movemos guiados por nuestras expectativas. Aunque todos sabemos qué es una expectativa, refrescaremos la memoria diciendo que es una forma de anticipación que realizamos acerca de lo que creemos o deseamos que acontezca en el futuro, normalmente en relación al comportamiento de una persona, de un grupo, o de una determinada realidad. En muchas ocasiones, cuando las expectativas las construimos en referencia a una persona, acaban tomando la forma de fuertes exigencias implícitas. Luego, cuando la realidad no se ajusta a nuestras expectativas, cuando esa persona no se comporta como nosotros deseábamos, el sentimiento que solemos experimentar es el de la decepción y la frustración. El grado de intensidad de estos sentimientos dependerá fundamentalmente de dos factores. Por un lado del desajuste que percibamos entre nuestras expectativas y la realidad con la que nos encontramos. Por otro, de la importancia que para nosotros tenga eso que esperábamos. A mayor desajuste encontremos con nuestras expectativas y mayor sea la importancia que tenía para nosotros, más decepcionados y frustrados nos sentiremos. Al igual que en los casos anteriores, tener expectativas no es nocivo en sí mismo, el problema viene cuando acabamos estando más centrados en ellas que en la realidad con la que nos encontramos, cuando acabamos viéndonos únicamente a nosotros, a nuestras expectativas, y no a la persona que tenemos enfrente. Veamos un ejemplo.

Hace un par de días tuve la oportunidad de ver un reportaje muy interesante acerca de unos padres que eran los entrenadores de sus hijos. Los niños eran unos fuera de serie en diversos deportes: tenis, golf, boxeo, etc. Estos padres los habían sacado del colegio, les habían puesto profesores particulares y habían transformado parte de sus casas en auténticos gimnasios. Los torneos a los que los llevaban eran campeonatos nacionales y mundiales de su edad. Algunos de estos padres habían dejado su trabajo, habían pedido prestamos al banco para sufragar los gastos de estos viajes, lo habían arriesgado todo para que su hijo fuese el número uno del mundo. De todos estos casos, me impacto sobremanera un padre que le preguntaba a su hijo, un golfista de doce años: ¿qué opinamos de los segundones? Y los dos a la par hacían un gesto de asco. En el campeonato mundial este niño quedó el cuarto. Al finalizar el campeonato no quería, ni podía, acercarse a su padre. Creía que lo había decepcionado y que la frustración de su padre era resultado de su mala actuación en el campeonato, si se me permite decir que un cuarto puesto en un campeonato mundial es un mal resultado. El padre no era consciente de que se había creado unas expectativas tan altas, que su mismo proyecto se había transformado en una bomba que le había explotado en sus manos. No era el niño quien lo había decepcionado, era él mismo quien se había decepcionado al crearse unas expectativas tan altas y, dar por sentado, que era obligación del niño satisfacerlas, adecuarse a sus necesidades y deseos.

Cuando comienzo a impartir un curso al principio les pido a los asistentes que se presenten y me digan qué es lo que esperan del curso y de mí. A veces, cuando hay varios miembros del grupo que me dicen que tienen buenas referencias sobre mi trabajo y que tienen por ello depositadas en mí muchas expectativas, les pido muy amablemente a todo el grupo que escriban todas sus expectativas acerca de mí trabajo en un folio. Cuando lo han hecho me levanto, pongo una papelera en mitad de la sala, y les pido, por favor, que sean tan amables de tirar sus expectativas a la basura. Les digo que lo único que puedo garantizarles en ese momento es que lo que vayamos a vivir en ese encuentro será, con toda seguridad, en un sentido u otro, distinto a lo que ellos esperan. Les invito después a que asistan al taller tratando de estar lo más libre posible de deseos, expectativas, prejuicios, etc. que se permitan descubrir la experiencia sobre la marcha, sin forzar la realidad en ningún sentido, permitiendo que acontezca todo de forma fluida. Eso no quiere decir, en absoluto, y aunque parezca contradictorio, que nos olvidemos de nuestras expectativas. Se trata de que seamos conscientes de ellas y que decidamos qué sentido darles. Déjame que te cuente una historia que quizás te ayude a entender mejor lo que quiero decirte.

Se trataba de un hombre que nunca había tenido ocasión de ver el mar. Vivía en un pueblo del interior de la India. Una idea se había instalado con fijeza en su mente: “No podía morir sin ver el mar”. Para ahorrar algún dinero y poder viajar hasta la costa, tomó otro trabajo además del suyo habitual. Ahorraba todo aquello que podía y suspiraba porque llegase el día de poder estar ante el mar. Fueron años difíciles. Por fin ahorró lo suficiente para hacer el viaje. Tomó un tren que le llevó hasta las cercanías del mar. Se sentía entusiasmado y gozoso. Llegó hasta la playa y observó el maravilloso espectáculo. ¡Qué olas tan mansas! ¡Qué espuma tan hermosa! ¡Qué agua tan bella! Se acercó hasta el agua, cogió una poca con la mano y se la llevó a los labios para degustarla. Entonces, muy desencantado y abatido, pensó: “¡Qué pena que pueda saber tan mal con lo hermosa que es!”

Sería hermoso que nos diéramos la oportunidad de permitirnos  descubrir el océano en su esencia, sin forzarlo en ningún sentido, asintiendo a él, a su salubridad, con total aceptación, y que también pudiéramos, al mismo tiempo, utilizar nuestras expectativas como una forma de descubrir nuestros deseos: “me doy cuenta, gracias a este océano salado, de la importancia que tiene para mí tener agua potable para poder beber. Reconozco que necesito un río de agua fresca para saciar mi sed, pero no por ello a este mar le sobra la sal. Esta actitud nos permitirá disfrutar del surgimiento de una relación con el mar, con la vida, con las personas, más espontanea y limpia, libre de exigencias y prejuicios. Sería triste que llegáramos a vivir toda una vida al lado de nuestros seres queridos esperando a que se conviertan en “agua potable”. Ramiro Calle concluye esta hermosa historia, el cuento está tomado de un libro suyo, diciendo: “la forma de liberarnos de estas decepciones, es esperar sólo aquello que ocurre”.

 

miércoles, 10 de abril de 2013

ACOSO PSICOLÓGICO

Publicado en la Revista
Mente Sana
Autor: Sergio Huguet


 
El acoso psicológico se ha convertido, como muestran las estadísticas, en un problema cada vez más presente en nuestra sociedad. Bien sea en los ámbitos organizacionales, como las empresas de trabajo, los centros educativos, los centros sanitarios, bien en ámbitos personales, como la familia, la pareja, bien en las redes sociales, donde el problema parece crecer día a día de forma exponencial, los efectos del acoso psicológico se están dejando sentir de forma contundente.

Fue el etólogo Konrad Lorenz quien, haciendo referencia al hostigamiento grupal ejercido por algunos animales de ciertas especies sobre sus congéneres, utilizó por vez primera el concepto “to mob”, que se define como “atacar con violencia”. Posteriormente, durante un Congreso sobre Higiene y Seguridad en el Trabajo celebrado en el año 1990, un doctor en psicología, el profesor Leymann, retomó el concepto de Lorenz y le dio una acepción moral y psicológica al utilizar el término “mobbing” para referirse al acoso psicológico que padecían ciertas personas en su medio laboral. Este es el término que mayor difusión tiene hoy en día en nuestra sociedad. Sin embargo, en la actualidad se habla ya, además del mobbing o acoso laboral, de acoso escolar (o bullying),  el ciberacoso,  el acoso familiar, el acoso sexual, el acoso inmobiliario, etc.

En términos generales, sin hacer referencia a ningún ámbito particular en el que se manifieste este tipo de comportamiento, ¿qué entendemos por acoso psicológico? Todos sabemos que vivimos en una sociedad muy competitiva que favorece la aparición de problemas interpersonales, discusiones, luchas de poder, rencillas, rivalidades, etc., pero cuando hablamos de acoso psicológico estamos haciendo referencia a un comportamiento que va mucho más allá. El acoso psicológico consiste en la manifestación hacia una persona de un trato que atenta contra su dignidad e integridad moral por lo vejatorio y descalificador del mismo. La finalidad del acosador es la de desestabilizar psicológicamente a su víctima con el fin de que esta pierda progresivamente la confianza en sí misma y en los demás. Intenta dejarla totalmente indefensa e incapaz de reaccionar ante él,  anulado de esta forma su capacidad de defensa y de rebeldía frente a sus perversos dictámenes y deseos. El acoso puede realizarse a través de una conducta activa, como cuando se mina la seguridad de la víctima llenándola de angustia, dudas y culpabilidad con constantes amenazas, críticas, engaños y trampas, o bien puede ser un acoso pasivo, como cuando el agresor niega su atención a la víctima, le hace de lado en un grupo o le somete a un aislamiento afectivo.

Sobre el perfil psicológico del agresor y de la víctima decir, del primero, que se trata de personas que necesitan hacer de los demás sus víctimas para poder incrementar su sensación de poder y ocultar así el profundo sentimiento de inseguridad personal que los caracteriza. Aunque en un primer momento puedan parecer personas con mucho poder personal, lo cierto es que carecen de habilidades para resolver sus conflictos interpersonales. Además presentan una baja autoestima, la cual tratan de compensar con una notable capacidad de manipulación de su ambiente, al que trata siempre de alinear con sus deseos de poder sobre su víctima. Así mismo, su vida afectiva se caracterizada por ser muy pobre y estar llena de constantes conflictos interpersonales, rivalidades, envidias y luchas de poder. Respecto de los segundos, las víctimas, decir que suelen ser personas cuestionadoras de la opinión y puntos de vista de los demás, sobre todo de las personas que ostentan el poder, con iniciativa propia, independientes, que en ocasiones suelen tener pocas habilidades de defensa frente a la presión psicológica, que pueden estar un tanto aislados socialmente, también a veces un poco inocentes en su proceder, y que parecieran transmitir un cierto aire de indefensos y vulnerables. En los casos más graves de acoso, la víctima puede llegar a experimentar un nivel tan alto de angustia que puede, como mecanismo de defensa, acabar estableciendo una relación afectiva con su agresor. En tales situaciones, la víctima llega a mostrar un intenso agradecimiento frente a cualquier pequeño trato amable que su agresor le dispense. Este mismo mecanismo de defensa le lleva incluso a negar el maltrato psicológico, a justificarlo, a intelectualizarlo desensibilizándose emocionalmente, a culparse de la situación e, incluso,  a enfadarse con las personas que le pudieran tratar de advertir acerca de su situación para ayudarla.

Ana Martos, autora del libro: “¡No puedo más! Las mil caras del maltrato psicológico”, nos ofrece algunas claves que pueden ayudarnos a detectar si estamos siendo víctimas de acoso psicológico. Algunos de estos indicadores pueden ser, por ejemplo: que exista un apego ambivalente, es decir, intenso en afecto pero lleno de inseguridad, miedo y desconfianza frente a una persona con la que no puedes sentirte bien, pero a la que tampoco puedes dejar; que te encuentres a ti mismo haciendo cosas que no quieres hacer pero que te resulta prácticamente imposible negarte por miedo o inseguridad, pasando a justificar tu comportamiento; que sufras una humillación constante en silencio frente a esta persona y que vivas esperando que tu agresor se dé cuanta de su comportamiento o venga alguien en tu ayuda; que concluyas que eres el culpable de la situación dolorosa que estás padeciendo porque tú mismo te lo has buscado, pasando así a cargarte con la responsabilidad del comportamiento de tu agresor; que no pares de darle vueltas a la cabeza tratando de averiguar qué es lo que has hecho para estar padeciendo una situación tal y que la culpa te invada profundamente aun no habiendo un comportamiento tuyo que la justifique.

Si te resuena alguna de estas posibilidades, has podido tomar conciencia acerca del hecho de estar inmerso en una situación tal, y has tomado la decisión de resolver cuanto antes el conflicto, necesitas saber qué es lo que puedes hacer. Veamos algunas propuestas.

El primer paso es buscar ayuda, bien sea en la familia o, si no es posible o suficiente, en colectivos en los que hay profesionales especializados en  esta temática y personas que han pasado por una situación similar. Ten en cuenta que el afrontamiento hace retroceder al acosador. Cuando señalamos la necesidad de afrontamiento, no nos referimos a un enfrentamiento personal, sino más bien a dejarle constancia con tu comportamiento de que estás tomando todas las medidas necesarias para resolver la situación, que no has caído en la indefensión, ni en la parálisis, ni en el miedo. Es un mensaje del tipo: “de acuerdo, tú haz lo que consideres, yo no puedo controlar tu comportamiento, pero haré todo lo que esté en mi mano para cambiar esta situación”.

Es importante informar a las personas allegadas, padres, pareja,  profesores, asesores o jefes si es el caso, etc., acerca de cada una de las agresiones o tratos vejatorios que se reciban. Informar de este tipo de trato te reafirmará en el convencimiento de que es una situación injusta que no tienes que permitir, y te alejará de la indefensión en la que puedes llegar a caer víctima del miedo y la inseguridad.

Otro punto importante es recordar lo que decíamos anteriormente respecto del agresor, es decir, que aunque en apariencia es una persona fuerte y poderosa, está llena de inseguridades y miedos que trata de resolver consiguiendo que le temas. No le sigas el juego permitiéndole que te vea resentido con él ni impotente ante él, esto no hará más que alimentar su deseo de poder sobre ti. Trata de ver a tu hostigador como alguien que te necesita a ti, aunque sea para sentirse poderoso, más que tú lo temes a él, esto te ayudará a vivir el acoso con más recursos psicológicos y menos inseguridad.

No te aísles socialmente ni te apartes y dejes de lado tus actividades diarias. El inmovilismo psicológico es una carrera que te lleva cuesta abajo en dirección a los pies de tu agresor. Trata de ofrecer una imagen de solvencia y tranquilidad frente a sus maquinaciones, esto le hará comenzar en su interior a respetarte, aunque no sea capaz o no se atreva a reconocerlo ante ti.

No pierdas el tiempo dándole vueltas a la cabeza y tratando de buscar en tu proceder qué es lo que has podido hacer para merecer un trato semejante. El acosador tiene un perfil de personalidad tóxico que no requiere de tus torpezas personales para poner en marcha sus estrategias manipuladoras y escarnecedoras. En todo caso reflexiona, no sobre lo que has hecho para estar ahí, sino lo que puedes hacer para salir de ahí.
Por último, ten en cuenta que, posiblemente, si tratas de hablar con tu acosador para pedirle explicaciones al respecto de su comportamiento contigo, o incluso ayuda en el sentido de que cese en su empeño de acosarte, es muy probable que, o bien niegue que él esté comportándose de tal manera, o bien justifique su comportamiento contigo, o incluso, y eso es lo peor, que le alimentes aun más la sensación de poder sobre ti e incremente su hostigamiento.

jueves, 4 de abril de 2013

El Niño y el Viejo. (No te pierdas el final del vídeo).




El Niño y el Vijeo.
Los niños son el mañana.
Los viejos son el ayer,
Sin mañana no habría vida.
Sin vida no habría ayer.

Los niños son esperanza.
Los viejos son añoranza.
El futuro es un enigma,
El pasado realidad.

El niño puede y no sabe,
El viejo sabe y no puede,
Tan merece el que no sabe
como el que sabe merece.

Los niños apenas van,
Los viejos ya todos fueron,
Uno es fuego, el otro hoguera,
Uno es el alfa, el otro omega.
Anónimo

miércoles, 3 de abril de 2013

Sentirse Autorrealizado

Publicado en la revista Mente Sana
Autor: Sergio Huguet
Psicoterapeuta Gestalt

Hace unos días acudí a la consulta del médico de cabecera para hacerme una analítica. No era más que un chequeo rutinario que sigo todos los años. Cuando entré la doctora estaba hablando por teléfono y, mientras esperaba, observé un cartel en la pared en el que aparecían unos dibujos con distintos alimentos: un pez, un pollo, una manzana, un pan, etc. Estaban agrupados y al lado de cada uno de esos grupos había escrito un nombre: proteínas, hidratos de carbono, grasas, vitaminas, etc. En la parte superior del cartel había escrita una frase tipo slogan, que decía algo así como: “Es mejor comer un poco de todo, que mucho de poco”.


Abraham Harold Maslow, eminente psicólogo estadounidense y uno de los máximos representantes de la psicología humanista, efectuó un importante estudio con personas que en sus vidas, de forma habitual, se sentían realizadas. Llegó a la conclusión de que todas ellas compartían una serie de características. De entre ellas, una de las más destacadas, era la manifestación de una tendencia que les llevaba en pos de alcanzar en sus vidas un desarrollo integral y equilibrado, es decir, eran personas que se cuidaban y buscaban crecer tanto física, como emocional, social, intelectual y espiritualmente. Junto a ese interés por conseguir un desarrollo personal holístico, aparecían otra serie de actitudes vitales que les permitían lograr ese sentimiento de realización personal. De entre ellas destacamos ahora cuatro:


Daniel Goleman habla de “punto ciego”, título de uno de sus libros, para referirse a esa parte de la realidad que no queremos ver con el fin de evitar el sufrimiento que nos genera. Un ejemplo. Tengo una paciente que lleva enamorada mucho tiempo de un compañero de trabajo y quiere evitar por todos los medios que lo sepa para no perder, según ella, “puntos” ante él. Le da miedo la posibilidad de que él lo sepa y la rechace. Así que no puede estar ni con él, ni si él. La solución que da esta mujer, la misma de la fábula de la zorra y las uvas, concluir que “las uvas están verdes”: “en el fondo me han dicho que no es muy buena persona…”. Las personas que se sientes realizadas, y este es la primera de las cuatro actitudes que señalaba, vivenciaban plenamente la vida y se entregaban sin reservas a la experiencia. Luchan honestamente por identificar sus defensas psicológicas y renunciar a ellas con el fin de lograr una personalidad más auténtica y transparente. Asumen riesgos emocionales y prefieren quitarse la venda de los ojos para ver la realidad tal cual se les presenta, “me pueden rechazar y eso forma parte de la vida”, que no enredarse en estrategias de defensa y autoengaño.


Como segunda actitud que encontramos en estas personas, según Maslow, es que asumen la vida como un proceso constante de toma de decisiones. Las personas autorrealizadas creen que el acto de elegir, el cual implica siempre una renuncia, pues elegir una cosa conlleva rechazar inevitablemente otra, es el mecanismo que la vida ha dado al hombre como forma de construir su destino. Son gente que, lejos de sentir miedo ante la responsabilidad que experimentan al enfrentarse a sus decisiones vitales, se sienten privilegiadas por poder asumir dicha responsabilidad. Creen que, de algún modo, las personas se convierten en aquello que eligen, que cada elección les va convirtiendo poco a poco en las personas que finalmente son. G. Eliot lo expresó muy bien cuando escribió que “nuestras acciones obran sobre nosotros tanto como nosotros obramos sobre ellas”, de ahí que experimenten la tensión que conlleva el acto mismo de elegir como un mal menor ante el gran beneficio que esto les reporta: poder convertirse en agentes activos en la construcción de su destino.


En tercer lugar señalamos el hecho de que la persona que se siente realizada mantiene una lucha y un esfuerzo constante por aprender a escuchar, actualizar y diferenciar su sí mismo de todas las voces introyectadas que le acompañan. “Solemos hacer las cosas por introyectos y no por proyectos”, me decía Eduardo de Grazia, un antiguo profesor mío. Me resulta muy triste cuando me encuentro en consulta a personas que me cuentan que llevan más de veinte años trabajando en una profesión que no es su auténtica pasión, sino sólo la profesión que tenían sus padres o la que estos deseaban para su hijo. La persona realizada vive más en contacto con lo que quiere y menos con lo que debe. Podríamos decir que no hace nada que no quiere y que quiere siempre todo lo que hace. Maneja el noble arte de transformar todo aquello que no forma parte de su deseo, pero que le es necesario para vivir, por ejemplo conducir una hora de coche todos los días para ir a trabajar, en algo que acepta incondicionalmente para su vida y ante lo que asiente con tranquilidad, sin sentirse conflictuado por ello. El escritor ruso Leon Tolstoi lo expreso en este hermoso pensamiento: “el secreto de la felicidad no consiste en hacer siempre lo que se quiere, sino en querer siempre lo que se hace”.


Señalamos un último aspecto constitutivo de la persona que se siente realizada y es que sabe de la importancia que las experiencias cumbres tienen en la vida y, por tanto, vive de forma que facilita la aparición de las mismas. Abraham Maslow definió como experiencia cumbre: “un estado de unidad con características místicas; una experiencia en la que el tiempo tiende a desvanecerse y el sentimiento que sobrecoge hace parecer que todas las necesidades se hallan colmadas”. Se trata de una serie de estados transpersonales caracterizados por la disolución de las fronteras del ego y la consiguiente sensación de sentirse uno con otras personas, con la naturaleza, con el universo, con Dios. Un hombre puede experimentarlo al contemplar extasiado un paisaje majestuoso, otro ante la belleza del Guernica de Picasso, otro ante un poema de Neruda, una canción de Serrat, o un amanecer a orillas del mar. Pero todos ellos, sabedores de la importancia que estas experiencias cumbre tienen en sus vidas, así como del hecho de que no pueden experimentarse a voluntad, sólo pueden abonar el terreno para que éstas afloren, mantienen como una de sus metas personales dedicar tiempo y energías para la búsqueda de escenarios que les ayuden a alcanzar estas experiencias cumbre con más facilidad.


Me pareció muy comprensible y adecuado que estuviera ese cartel en la pared, detrás de la doctora, donde todos los pacientes al verlo pudiéramos recordar que, si queremos tener una buena salud, necesitamos mantener una dieta equilibrada. Todos somos conscientes de ello y coincidimos en que no tendría sentido alimentarnos sólo con hidratos de carbono y descuidar, por ejemplo, las proteínas o las vitaminas. De lo que quizás no seamos tan conscientes es de que también necesitamos desarrollar, de forma armónica, integral y equilibrada, todas y cada  una de las facetas que nos constituyen como personas, a saber, nuestro mundo físico, emocional, intelectual, social y espiritual, pues es más común de lo que pudiera parecer encontrar a personas, tal vez nosotros seamos una de ellas, con un nivel intelectual muy alto y, al mismo tiempo, con una torpeza emocional casi igual de elevada; con una gran dedicación al cuidado de su físico, alimentación, deporte, etc. pero que tienen descuidado por completo su vida intelectual; con un elevado interés por el mundo de lo espiritual, de lo trascendente, y que sin embargo tienen muchísimos problemas para llevar a cabo las tareas prácticas del día a día. A veces, cuando trato con algún paciente en mi consulta estas cuestiones acerca de la necesidad de desarrollarse integralmente como forma de sentirse realizado, hay algunos que parecen pensar que esa empresa puede resultar una pesada carga sobre sus espaldas. En esos momentos siempre me acuerdo de una frase de  León Daudí. “Es curioso observar que la vida, cuanto más vacía, más pesa”.


Cada uno de nosotros es un todo unificado y cualquier carencia en un aspecto de nuestro ser afecta irremediablemente al resto. Por ello es fundamental que aprendamos a cuidarnos y desarrollarnos de forma holística. Y hacerlo todo ello, además, como nos ayuda a comprender los estudios de Maslow, viviendo plenamente la vida, entregándonos sin miedo a la experiencia, al sentir, asumiendo que vivir es elegir y que, lejos de ser un problema, es una bendición,  es la oportunidad que la vida nos da para participar en nuestro destino, un destino que será más auténtico en la medida que escuchemos y descubramos nuestro sí mismo más auténtico, más allá de los deberías sociales, un sí mismo que necesita generar las condiciones adecuadas para poder experimentar esos momentos cumbre de comunión con lo sublime. Estas son las condiciones que nos permitirán alcanzar con mayor plenitud y profundidad una de las experiencias humanas más hermosas: el sentimiento de realización personal.