Publicado en la Revista
Mente Sana
Autor: Sergio Huguet
El acoso
psicológico se ha convertido, como muestran las estadísticas, en un problema
cada vez más presente en nuestra sociedad. Bien sea en los ámbitos
organizacionales, como las empresas de trabajo, los centros educativos, los
centros sanitarios, bien en ámbitos personales, como la familia, la pareja,
bien en las redes sociales, donde el problema parece crecer día a día de forma
exponencial, los efectos del acoso psicológico se están dejando sentir de forma
contundente.
Fue el
etólogo Konrad Lorenz quien, haciendo referencia al hostigamiento grupal
ejercido por algunos animales de ciertas especies sobre sus congéneres, utilizó
por vez primera el concepto “to mob”, que se define como “atacar con violencia”.
Posteriormente, durante un Congreso sobre Higiene y Seguridad en el
Trabajo celebrado en el año 1990, un doctor en psicología, el profesor Leymann, retomó el concepto de Lorenz
y le dio una acepción moral y psicológica al utilizar el término “mobbing” para
referirse al acoso psicológico que padecían ciertas personas en su medio laboral. Este es el término que mayor difusión tiene hoy en
día en nuestra sociedad. Sin embargo, en la actualidad se habla ya, además del
mobbing o acoso laboral, de acoso escolar (o bullying), el ciberacoso, el acoso familiar, el acoso sexual, el acoso
inmobiliario, etc.
En términos generales, sin hacer
referencia a ningún ámbito particular en el que se manifieste este tipo de
comportamiento, ¿qué entendemos por acoso psicológico? Todos
sabemos que vivimos en una sociedad muy competitiva que favorece la aparición
de problemas interpersonales, discusiones, luchas de poder, rencillas, rivalidades,
etc., pero cuando hablamos de acoso psicológico estamos haciendo referencia a un
comportamiento que va mucho más allá. El acoso psicológico consiste en la manifestación hacia
una persona de un trato que atenta contra su dignidad e integridad moral por lo
vejatorio y descalificador del mismo. La finalidad del acosador es la de desestabilizar
psicológicamente a su víctima con el fin de que esta pierda progresivamente la
confianza en sí misma y en los demás. Intenta dejarla totalmente indefensa e
incapaz de reaccionar ante él, anulado de
esta forma su capacidad de defensa y de rebeldía frente a sus perversos dictámenes
y deseos. El acoso puede realizarse a través de una conducta activa,
como cuando se mina la seguridad de la víctima llenándola de angustia, dudas y
culpabilidad con constantes amenazas, críticas, engaños y trampas, o bien puede
ser un acoso pasivo, como cuando el agresor niega su atención a la víctima, le
hace de lado en un grupo o le somete a un aislamiento afectivo.
Sobre el perfil psicológico del
agresor y de la víctima decir, del primero, que se trata de personas que
necesitan hacer de los demás sus víctimas para poder incrementar su sensación
de poder y ocultar así el profundo sentimiento de inseguridad personal que los
caracteriza. Aunque en un primer momento puedan parecer personas con mucho
poder personal, lo cierto es que carecen de habilidades para resolver sus conflictos
interpersonales. Además presentan una baja autoestima, la cual tratan de compensar
con una notable capacidad de manipulación de su ambiente, al que trata siempre
de alinear con sus deseos de poder sobre su víctima. Así mismo, su vida
afectiva se caracterizada por ser muy pobre y estar llena de constantes
conflictos interpersonales, rivalidades, envidias y luchas de poder. Respecto
de los segundos, las víctimas, decir que suelen ser personas cuestionadoras de la
opinión y puntos de vista de los demás, sobre todo de las personas que ostentan
el poder, con iniciativa propia, independientes, que en ocasiones suelen tener
pocas habilidades de defensa frente a la presión psicológica, que pueden estar un
tanto aislados socialmente, también a veces un poco inocentes en su proceder, y
que parecieran transmitir un cierto aire de indefensos y vulnerables. En los
casos más graves de acoso, la víctima puede llegar a experimentar un nivel tan
alto de angustia que puede, como mecanismo de defensa, acabar estableciendo una
relación afectiva con su agresor. En tales situaciones, la víctima llega a mostrar
un intenso agradecimiento frente a cualquier pequeño trato amable que su agresor
le dispense. Este mismo mecanismo de defensa le lleva incluso a negar el
maltrato psicológico, a justificarlo, a intelectualizarlo desensibilizándose
emocionalmente, a culparse de la situación e, incluso, a enfadarse con las personas que le pudieran
tratar de advertir acerca de su situación para ayudarla.
Ana
Martos, autora del libro: “¡No puedo más! Las mil caras del maltrato psicológico”, nos ofrece algunas claves que
pueden ayudarnos a detectar si estamos siendo víctimas de acoso psicológico. Algunos
de estos indicadores pueden ser, por ejemplo: que exista un apego ambivalente,
es decir, intenso en afecto pero lleno de inseguridad, miedo y desconfianza
frente a una persona con la que no puedes sentirte bien, pero a la que tampoco
puedes dejar; que te encuentres a ti mismo haciendo cosas que no quieres hacer
pero que te resulta prácticamente imposible negarte por miedo o inseguridad, pasando
a justificar tu comportamiento; que sufras una humillación constante en
silencio frente a esta persona y que vivas esperando que tu agresor se dé
cuanta de su comportamiento o venga alguien en tu ayuda; que concluyas que eres
el culpable de la situación dolorosa que estás padeciendo porque tú mismo te lo
has buscado, pasando así a cargarte con la responsabilidad del comportamiento
de tu agresor; que no pares de darle vueltas a la cabeza tratando de averiguar
qué es lo que has hecho para estar padeciendo una situación tal y que la culpa
te invada profundamente aun no habiendo un comportamiento tuyo que la justifique.
Si
te resuena alguna de estas posibilidades, has podido tomar conciencia acerca
del hecho de estar inmerso en una situación tal, y has tomado la decisión de
resolver cuanto antes el conflicto, necesitas saber qué es lo que puedes hacer.
Veamos algunas propuestas.
El
primer paso es buscar ayuda, bien sea en la familia o, si no es posible o
suficiente, en colectivos en los que hay profesionales especializados en esta temática y personas que han pasado por
una situación similar. Ten en cuenta que el afrontamiento hace retroceder al
acosador. Cuando señalamos la necesidad de afrontamiento, no nos referimos a un
enfrentamiento personal, sino más bien a dejarle constancia con tu
comportamiento de que estás tomando todas las medidas necesarias para resolver la
situación, que no has caído en la indefensión, ni en la parálisis, ni en el
miedo. Es un mensaje del tipo: “de acuerdo, tú haz lo que consideres, yo no
puedo controlar tu comportamiento, pero haré todo lo que esté en mi mano para
cambiar esta situación”.
Es
importante informar a las personas allegadas, padres, pareja, profesores, asesores o jefes si es el caso,
etc., acerca de cada una de las agresiones o tratos vejatorios que se reciban.
Informar de este tipo de trato te reafirmará en el convencimiento de que es una
situación injusta que no tienes que permitir, y te alejará de la indefensión en
la que puedes llegar a caer víctima del miedo y la inseguridad.
Otro
punto importante es recordar lo que decíamos anteriormente respecto del
agresor, es decir, que aunque en apariencia es una persona fuerte y poderosa,
está llena de inseguridades y miedos que trata de resolver consiguiendo que le
temas. No le sigas el juego permitiéndole que te vea resentido con él ni
impotente ante él, esto no hará más que alimentar su deseo de poder sobre ti.
Trata de ver a tu hostigador como alguien que te necesita a ti, aunque sea para
sentirse poderoso, más que tú lo temes a él, esto te ayudará a vivir el acoso
con más recursos psicológicos y menos inseguridad.
No
te aísles socialmente ni te apartes y dejes de lado tus actividades diarias. El
inmovilismo psicológico es una carrera que te lleva cuesta abajo en dirección a
los pies de tu agresor. Trata de ofrecer una imagen de solvencia y tranquilidad
frente a sus maquinaciones, esto le hará comenzar en su interior a respetarte,
aunque no sea capaz o no se atreva a reconocerlo ante ti.
No
pierdas el tiempo dándole vueltas a la cabeza y tratando de buscar en tu
proceder qué es lo que has podido hacer para merecer un trato semejante. El
acosador tiene un perfil de personalidad tóxico que no requiere de tus torpezas
personales para poner en marcha sus estrategias manipuladoras y escarnecedoras.
En todo caso reflexiona, no sobre lo que has hecho para estar ahí, sino lo que
puedes hacer para salir de ahí.
Por último, ten en
cuenta que, posiblemente, si tratas de hablar con tu acosador para pedirle
explicaciones al respecto de su comportamiento contigo, o incluso ayuda en el
sentido de que cese en su empeño de acosarte, es muy probable que, o bien
niegue que él esté comportándose de tal manera, o bien justifique su
comportamiento contigo, o incluso, y eso es lo peor, que le alimentes aun más
la sensación de poder sobre ti e incremente su hostigamiento.

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