Artículo publicado en la Revista Mente Sana
Autor: Sergio Huguet
Todo niño nace con lo que podríamos llamar una
personalidad de 360º, es decir, con una naturaleza tal que le lleva a
manifestar sus emociones y deseos con plena autenticidad desde su centro en
todas direcciones. Pasa sin ningún tipo de reparos de la alegría a la tristeza,
del egoísmo al altruismo, de mostrarse valiente a cobarde, de gozar con la maldad
a hacerlo con la bondad, del orgullo a la humildad, de tener grandes ansias de
poder a mostrar una increíble capacidad de abnegación, de recrearse en la laboriosidad
a abandonarse en la indolencia, de mostrarse simpático a comportarse antipáticamente.
Pero los padres, que no pueden evitar tener expectativas, deseos, necesidades y
sentimientos respecto de la conducta del niño, van a ir poniendo una serie de límites en uno de los
polos de cada una de estas dimensiones, consiguiendo que el niño vaya poco a
poco disminuyendo la intensidad con la que manifiesta su espontaneidad y
autenticidad.
Por ejemplo, en la dimensión del egoísmo y el
altruismo, posiblemente limitarán al niño en el polo del primero, el egoísmo,
reforzando su comportamiento en el polo del segundo, el altruismo. “Luisito, no tienes que ser egoísta, tienes
que dejar tu bicicleta a tus amiguitos”, le dirán. De esta forma, Luisito
comenzará a muy temprana edad, como nos ha pasado a todos, a tratar de
polarizarse en una sola de estas dos direcciones, a ser altruista y no egoísta,
teniendo que desterrar a los confines de su psiquismo toda una serie de
sentimientos y deseos indeseables para sus padres. En cierto sentido tendrá que
traicionar esta primera y primaria naturaleza suya para no perder el afecto de estos.
La línea que divide lo que es aceptable y lo que no lo
es, es distinta para cada persona, para cada familia y para cada cultura, pero
la existencia de esta tendencia a sancionar determinadas formas de ser y de
sentir, obligando así al niño ha ocultar en una habitación oscura todos esos
sentimientos indeseables, deseos inconfesables, fantasías vergonzosas, es igual
para todo el mundo.
Esa habitación en la que hemos ido desterrando todo lo
“indeseable” de nuestra personalidad, es una habitación que tiene restringido
el acceso al director de nuestra personalidad consciente, a nuestro Yo. Dicho
de otro modo, el contenido de esa habitación es inconsciente y el Yo no está en
condiciones de asumir de forma directa su contenido. Fue el psicólogo suizo
Carl Gustav Jung quien afirmó que esta habitación oscura, a la que él denominó
sombra, era un arquetipo de nuestra mente, es decir, una realidad que forma una
estructura constituyente del psiquismo del ser humano.
Cuanta menos conciencia tenemos de la existencia y
contenidos de nuestra sombra, más puede esta llegar a convertirse en una
especie de segunda personalidad que acabe teniendo un poder muy grande sobre
nuestra personalidad total, cual Sr. Hyde en la vida del Dr. Jekyll. De hecho,
es el desconocimiento de este aspecto de nuestra realidad y su mala gestión lo
que constituye la fuente principal de la que emanan la mayor parte de los
conflictos humanos. Por ello se hace necesario que desarrollemos las
habilidades pertinentes que nos permitan ser capaces de explorar, conocer y
comprender nuestra propia sombra. Tal es el objetivo de este escrito.
Pero la cuestión es, ¿cómo conocer nuestra sombra si
estamos diciendo que es inconsciente? “¿Cómo
puedes encontrar a un león cuando te ha devorado?”, preguntaba Jung. Pues existen
varias formas, veamos tres de ellas.
La primera que señalamos consiste en solicitar feedback a los demás. Si aceptamos que nos resulta bastante fácil observar
la sombra de los demás, es decir, que tenemos una cierta habilidad para
detectar “la suciedad en casa del vecino”, una suciedad que nos sorprende que él
no pueda ver, e incluso si se lo señalamos rechazar con vehemencia, podremos
aceptar que los demás tienen la misma facilidad para observar la suciedad en la
nuestra, esa que con tanto esmero tratamos de ocultar ante los ojos de nuestros
vecinos. “El hombre sólo es rico en
hipocresía. En sus diez mil disfraces para engañar confía; y con la doble llave
que guarda su mansión para la ajena hace ganzúa de ladrón”, escribía
Machado. Es decir, que de igual forma que yo le veo la espalda a todo el mundo
pero ellos no se la pueden ver, yo tampoco veo la mía pero ellos me la pueden
ver a la perfección. Por ello, saber cómo nos ven puede ser una de las formas
más eficaces de tomar conciencia de nuestra sombra personal. Para ello son
necesarios dos requisitos. El primero, estar abierto a la información que nos den
sin levantar nuestras defensas psicológicas. El segundo, que la información que
nos den sea hecha desde el respeto y el deseo genuino de ayudarnos, motivo por
el cual es importante buscar las personas adecuadas, amigos, familiares, gente
en la que confiemos.
La segunda forma podría ser examinar los «lapsus» verbales que cometemos. Todos
en alguna ocasión habremos cometido un acto fallido o lapsus linguae. Son expresiones involuntarias
que nos ponen en un aprieto, momento en el que solemos decir cosas tales como:
“no sé cómo he podido decir tal cosa” o “es lo último que yo habría querido
decir”. Si somos capaces de trascender la justificación y nos permitimos
reconocer esa expresión como parte de nuestra sombra, podremos tener una
fotografía bastante fiel de ella. En cierta ocasión un profesor, dirigiéndose a
una hermosa alumna, en vez de decirle lo que era su intención, a saber:
“respecto de tu aportación, yo te comentaría” le dijo: “respecto de tu
aportación, yo te comería”, lo cual
era sin duda una intención más coherente con su sentir profundo. ¡Así de
burlona y cómica se muestra en ocasiones nuestra sombra!
En tercer y último lugar proponemos, como forma de poner luz sobre nuestra
sombra, desvelar el contenido de nuestras proyecciones. Todos habremos visto en
alguna ocasión en ciertos bares o discotecas cómo funciona una luz negra, esa que hace resaltar con
intensidad el blanco de las zapatillas, las camisetas etc. Pues bien, de la
misma forma que la luminosidad de esa luz negra no se la puede apreciar mirando
directamente a su fuente, a la bombilla, sino a través de los efectos que
produce en los objetos blancos sobre los que se proyecta, la esencia de la sombra
tampoco es aprehensible directamente por nuestro Yo consciente mirando sobre
nuestro interior, sino sólo a través de observar cómo la proyectamos sobre los
demás, como resplandecemos en el otro.
Por eso, cuando nos encontramos con una persona, a lo mejor casi ni la
hemos tratado, y experimentamos un desagrado profundo por algún aspecto de su
ser, podemos estar seguros de que nuestra sombra está hablando. Lo que
rechazamos en esa persona es lo que rechazamos en nosotros. Posiblemente
Luisito, que de pequeño deseaba tener su bicicleta para él sólo, sin tener que
compartirla con los demás, por lo menos no desde la imposición a la que lo
sometían los papás, ahora de mayor se siente muy incomodo, tanto que incluso se
sorprende, cuando por ejemplo en un autobús ve que un joven no se levanta para
cederle su asiento a una señora mayor que viaja de pie. Aunque no lo sabe, Luis
está mirando a ese joven desde los ojos de sus papás internos, esos que le
decían que fuera solidario y compartiera su bicicleta. Y lo mira como si ese
joven fuese Luisito aferrado a su bicicleta, a su asiento, a su egoísmo.
Hemos visto lo importante que es que podamos integran el contenido de
nuestra sombra para evitar que el Sr. Hyde campe a sus anchas y dirija nuestra
vida a su antojo. También hemos mostrado tres posibles formas de conocer
nuestra propia sombra. Pero para tener éxito en esta empresa es fundamental no
caer en el error de creer que lo que hay en la sombra es lo malo de nosotros y
lo que existe en nuestro Yo consciente es lo bueno. Con esta premisa es difícil
que nos permitamos reconocernos. Cuando así pensamos estamos utilizando un
esquema de pensamiento infantil, simplista y rígido. No olvidemos que bajo el
ropaje de los demonios en que se nos presenta la sombra podemos encontrar, si nos
arriesgamos con respeto e interés genuino a conocer nuestra sombra, unos ángeles
dispuestos a ayudarnos en el proceso de convertirnos en personas más completas
e integradas.
Un día el Mal se encontró frente a frente con el Bien y
estuvo a punto de tragárselo para acabar de una vez con aquella disputa
ridícula; pero al verlo tan chico el Mal pensó: “Esto no puede ser más que una emboscada; pues si yo
ahora me trago al Bien, que se ve tan débil, la gente va a pensar que hice mal,
y yo me encogeré tanto de vergüenza que el bien no desperdiciará la oportunidad
y me tragará a mí, con la diferencia de que entonces la gente pensará que él si
hizo bien, pues es difícil sacarla de sus moldes mentales consistentes en que
lo que hace el Mal está mal y lo que hace el Bien está bien.” Y así el Bien se
salvó una vez más. Augusto Monterroso.

INCREÍBLE, darle paso a nuestro demonio y a nuestro ángel y así ser más anchos, más gordos, más delgados, más llenos...Aceptar que en lo más malvado para nuestro sentir, se encuentra un grandioso aprendizaje.
ResponderEliminarGRACIAS por compartir y abrir más camino a la conciencia. Un abrazo