Autor: Sergio Huguet
Artículo publicado en la revista Mente Sana.
“
Querida, vivimos
en una época de transición, dijo a Adán cuando acompañaba a Eva fuera del
paraíso”. Esta frase del teólogo y profesor de la Universidad de
Oxford W. R. Inge, puede servirnos como introducción para esta pequeña
reflexión.
Cambiar significa
dejar atrás lo conocido, estable, permanente y seguro. Salir de nuestro
particular “paraíso”, de nuestro “útero materno”, para
poder, a través de este parto, de esta “expulsión”, afrontar la
incertidumbre del porvenir, ganarnos el pan con el “sudor de la frente”,
un transito éste que es normal que nos genere un cierto grado de
inseguridad, miedo y confusión por el temor a los posibles riesgos que pueden
acarrearnos.
El cambio implica
el paso de un estado conocido a otro desconocido y es necesario aceptar una
cierta dosis de incertidumbre y miedo para poder afrontarlo con una actitud
saludable. La mayor parte de estos cambios, de estas pérdidas del paraíso, no
suponen un grado de conciencia ni de perturbación importantes, sin embargo,
existen otro tipo de cambios más puntuales, específicos e intensos, como puedan
ser la ruptura de una larga relación de pareja, el cambio de residencia, la muerte
de un ser querido, la partida de los hijos del hogar, la pérdida de un empleo,
una enfermedad, etc. que requieren de una actitud de afrontamiento
importante y una mentalidad adecuada.
A conseguir dicha actitud
y mentalidad, nos puede ayudar el tener en cuenta el hecho de que nuestra
personalidad, nuestra identidad personal, se gesta gracias a cada una de las
elecciones que realizamos en estos momentos de cambio. Con cada una de nuestras
elecciones labramos nuestro destino. Los cambios y las decisiones vitales que
les acompañan son la tierra donde florece nuestro ser interior. En el molde de
nuestras elecciones es donde se forja nuestra personalidad. Morimos al pasado y
nacemos a un nuevo futuro con cada una de nuestras elecciones en estas
situaciones de cambio.
Decía G. Boccaccio,
escritor y humanista italiano del S. XIV. que “vale más actuar exponiéndose
a arrepentirse de ello que arrepentirse de no haber hecho nada”. ¡Se
imaginan la historia de la humanidad si Adán y Eva se hubiesen sentado ante las
puertas del paraíso a esperar que les readmitieran de nuevo!

No hay comentarios:
Publicar un comentario