Publicado en Mente Sana
Autor Sergio Huguet
Uno
de los principios más importantes que los grandes sabios y maestros
espirituales de oriente han incorporado en su proceder diario como forma de
alcanzar una existencia más plena, ha sido el de mantener una mente centrada en
el momento presente. Su planteamiento es el de tratar de vivir una vida en
pleno contacto con el aquí y ahora, sin dejarse arrastrar por la tendencia
habitual de la mente hacia, por una lado, un rumiar una y otra vez experiencias
del pasado y, por otro, un fantasear constantemente acerca de los acontecimientos
del futuro.
Es
una obviedad decir que la vida sólo existe en el momento presente, que nadie
puede vivir ni en el pasado ni en el futuro, que toda nuestra vida se
desarrolla en un presente continuo. Pero si bien esto es cierto, no lo es menos
el hecho de que gran parte de nuestra existencia la pasamos orientados psicológicamente,
bien hacia el pasado, bien al futuro. Me refiero aquí a orientaciones que
resultan disfuncionales o problemáticas, puesto que el acto en sí de recordar o
anticipar, por sí mismos, no son perniciosos, todo lo contrario, son facultades
extremadamente útiles para el ser humano. Veamos pues algunos de esos casos en
los que pueden llegar a ser perjudiciales. Respecto del pasado hablaremos,
brevemente, acerca de las añoranzas y las inculpaciones y, en relación al futuro,
lo haremos acerca de las preocupaciones y las expectativas, siendo en estas
últimas, en las expectativas, donde nos centraremos mayormente.
Una
de las formas nocivas en la que nos orientamos psicológicamente hacia el pasado
es a través de las añoranzas. Se trata de un intento por re-vivir, es decir,
volver a vivir, momentos agradables que ya pasaron, de volver a experimentar aquellos sentimientos que una vez tuvimos. Y
esto en sí no es nada malo, el problema surge cuando existe una relación según
la cual, a peor estamos aquí y ahora, más tendemos a irnos allí y entonces, de
suerte que irnos allí, al pasado, añorar, es una forma de evitar estar aquí. Cuando
esta forma de proceder se convierte en un estilo de afrontamiento ante las
situaciones difíciles, cuando la respuesta habitual que damos es un recordarnos
constantemente lo que perdimos y que ya no tenemos, el resultado que conseguimos es, lejos de
volver a vivir las mieles del pasado, comenzar a vivir las hieles del presente
en forma de tristeza.
Otro
proceder por medio del cual también vivimos orientados psicológicamente hacia
pasado de forma insana, es a través de una forma particular de autoinculpación.
Veámoslo con un ejemplo. Un joven estudia una carrera determinada y cuando la
acaba y se encuentra con dificultades para encontrar trabajo, comienza a
decirse que no debería haber estudiado una carrera con tan poca salida
profesional, que debería haber estudiado tal otra, etc. De nuevo aquí puede ser
ésta una acción sana o no. Si este pensamiento es puntual y lo utilizamos para
sacar una conclusión y aplicar el aprendizaje en el momento presente, es decir,
aprender de la experiencia, fenomenal. El problema viene cuando nos quedamos
anclados en la inculpación y no conseguimos extraer el aprendizaje de dicha
experiencia. Como dice el refrán, agua pasada no mueve molino, es decir, es un
ejercicio estéril y agotador. Además, al igual que en el caso anterior, es una
forma de evitar mirar de frente al presente y afrontarlo con resolución.
Podemos decir que, cuando esta forma de proceder se convierte en un estilo de afrontamiento
consistente, el sentimiento que conseguiremos experimentar será, casi con toda
seguridad, el de culpabilidad.
Una
de las formas más comunes que existen de orientarse mentalmente hacia el futuro
es a través de las preocupaciones. Pre-ocuparse es ocuparse de algo antes de
que ocurra. De esto saben mucho los padres. Cuando los hijos comienzan a salir
de casa y a aventurarse en el mundo, ellos tienen una cierta predisposición a
anticipar todo tipo de posibles problemas. Hasta que los hijos no llegan por la
noche a casa y se meten en la cama, no descansan, suelen decir. Mientras el
hijo está fuera la mente de los padres es un hervidero de imágenes un tanto
catastrofistas. Aquí también podemos encontrar una función sana y una insana.
Si la anticipación del posible problema nos lleva a tomar medidas por
anticipado que puedan paliar los posibles efectos nocivos del mismo, pues hemos
conseguido reducir los riesgos. Ahora bien, si lo que hacemos no es más que
darle vueltas una y otra vez a lo que tememos que suceda, lo que estamos consiguiendo
no es más que torturarnos a base de re-vivir una y otra vez el posible suceso. La
frase preferida de estas personas es la de: “y si…” Por ejemplo, “y si… se sube
con alguno que vaya bebido y tiene un accidente”. Aunque este “y si…” es un
planteamiento probabilístico, el hijo puede o no que tenga ese accidente, el
planteamiento encierra un mensaje oculto, una afirmación catastrofista: “casi estoy
seguro de que se va a subir y va a tener ese accidente”. En este caso, cuando
este proceder se convierte en una regla de funcionamiento, los sentimientos más
habituales que logramos experimentar son los de la angustia, la ansiedad y el
miedo. Una vez trabajé con un paciente que estaba intensamente pre-ocupado por
cómo iba a manejarse en una primera cita con una mujer. Cuando le pregunte
cuándo había quedado con esa mujer, me dijo que no había quedado con ninguna,
pero que le preocupaba muchísimo.
Finalmente
tenemos, como otra forma de orientación hacia el futuro, el proceder que
realizamos cuando nos movemos guiados por nuestras expectativas. Aunque todos
sabemos qué es una expectativa, refrescaremos la memoria diciendo que es una
forma de anticipación que realizamos acerca de lo que creemos o deseamos que
acontezca en el futuro, normalmente en relación al comportamiento de una
persona, de un grupo, o de una determinada realidad. En muchas ocasiones,
cuando las expectativas las construimos en referencia a una persona, acaban
tomando la forma de fuertes exigencias implícitas. Luego, cuando la realidad no
se ajusta a nuestras expectativas, cuando esa persona no se comporta como nosotros
deseábamos, el sentimiento que solemos experimentar es el de la decepción y la
frustración. El grado de intensidad de estos sentimientos dependerá
fundamentalmente de dos factores. Por un lado del desajuste que percibamos
entre nuestras expectativas y la realidad con la que nos encontramos. Por otro,
de la importancia que para nosotros tenga eso que esperábamos. A mayor
desajuste encontremos con nuestras expectativas y mayor sea la importancia que
tenía para nosotros, más decepcionados y frustrados nos sentiremos. Al igual
que en los casos anteriores, tener expectativas no es nocivo en sí mismo, el
problema viene cuando acabamos estando más centrados en ellas que en la
realidad con la que nos encontramos, cuando acabamos viéndonos únicamente a
nosotros, a nuestras expectativas, y no a la persona que tenemos enfrente. Veamos
un ejemplo.
Hace
un par de días tuve la oportunidad de ver un reportaje muy interesante acerca
de unos padres que eran los entrenadores de sus hijos. Los niños eran unos
fuera de serie en diversos deportes: tenis, golf, boxeo, etc. Estos padres los
habían sacado del colegio, les habían puesto profesores particulares y habían
transformado parte de sus casas en auténticos gimnasios. Los torneos a los que
los llevaban eran campeonatos nacionales y mundiales de su edad. Algunos de
estos padres habían dejado su trabajo, habían pedido prestamos al banco para
sufragar los gastos de estos viajes, lo habían arriesgado todo para que su hijo
fuese el número uno del mundo. De todos estos casos, me impacto sobremanera un
padre que le preguntaba a su hijo, un golfista de doce años: ¿qué opinamos de
los segundones? Y los dos a la par hacían un gesto de asco. En el campeonato
mundial este niño quedó el cuarto. Al finalizar el campeonato no quería, ni podía,
acercarse a su padre. Creía que lo había decepcionado y que la frustración de
su padre era resultado de su mala actuación en el campeonato, si se me permite
decir que un cuarto puesto en un campeonato mundial es un mal resultado. El
padre no era consciente de que se había creado unas expectativas tan altas, que
su mismo proyecto se había transformado en una bomba que le había explotado en
sus manos. No era el niño quien lo había decepcionado, era él mismo quien se
había decepcionado al crearse unas expectativas tan altas y, dar por sentado,
que era obligación del niño satisfacerlas, adecuarse a sus necesidades y deseos.
Cuando
comienzo a impartir un curso al principio les pido a los asistentes que se
presenten y me digan qué es lo que esperan del curso y de mí. A veces, cuando
hay varios miembros del grupo que me dicen que tienen buenas referencias sobre
mi trabajo y que tienen por ello depositadas en mí muchas expectativas, les
pido muy amablemente a todo el grupo que escriban todas sus expectativas acerca
de mí trabajo en un folio. Cuando lo han hecho me levanto, pongo una papelera en
mitad de la sala, y les pido, por favor, que sean tan amables de tirar sus
expectativas a la basura. Les digo que lo único que puedo garantizarles en ese
momento es que lo que vayamos a vivir en ese encuentro será, con toda
seguridad, en un sentido u otro, distinto a lo que ellos esperan. Les invito después
a que asistan al taller tratando de estar lo más libre posible de deseos,
expectativas, prejuicios, etc. que se permitan descubrir la experiencia sobre
la marcha, sin forzar la realidad en ningún sentido, permitiendo que acontezca
todo de forma fluida. Eso no quiere decir, en absoluto, y aunque parezca
contradictorio, que nos olvidemos de nuestras expectativas. Se trata de que
seamos conscientes de ellas y que decidamos qué sentido darles. Déjame que te
cuente una historia que quizás te ayude a entender mejor lo que quiero decirte.
“Se
trataba de un hombre que nunca había tenido ocasión de ver el mar. Vivía en un
pueblo del interior de la India. Una idea se había instalado con fijeza en su
mente: “No podía morir sin ver el mar”. Para ahorrar algún dinero y poder
viajar hasta la costa, tomó otro trabajo además del suyo habitual. Ahorraba
todo aquello que podía y suspiraba porque llegase el día de poder estar ante el
mar. Fueron años difíciles. Por fin ahorró lo suficiente para hacer el viaje.
Tomó un tren que le llevó hasta las cercanías del mar. Se sentía entusiasmado y
gozoso. Llegó hasta la playa y observó el maravilloso espectáculo. ¡Qué olas
tan mansas! ¡Qué espuma tan hermosa! ¡Qué agua tan bella! Se acercó hasta el
agua, cogió una poca con la mano y se la llevó a los labios para degustarla.
Entonces, muy desencantado y abatido, pensó: “¡Qué pena que pueda saber tan mal
con lo hermosa que es!”
Sería
hermoso que nos diéramos la oportunidad de permitirnos descubrir el océano en su esencia, sin
forzarlo en ningún sentido, asintiendo a él, a su salubridad, con total aceptación,
y que también pudiéramos, al mismo tiempo, utilizar nuestras expectativas como una
forma de descubrir nuestros deseos: “me doy cuenta, gracias a este océano
salado, de la importancia que tiene para mí tener agua potable para poder beber.
Reconozco que necesito un río de agua fresca para saciar mi sed, pero no por
ello a este mar le sobra la sal. Esta actitud nos permitirá disfrutar del
surgimiento de una relación con el mar, con la vida, con las personas, más
espontanea y limpia, libre de exigencias y prejuicios. Sería triste que
llegáramos a vivir toda una vida al lado de nuestros seres queridos esperando a
que se conviertan en “agua potable”. Ramiro
Calle concluye esta hermosa historia, el cuento está tomado de un libro suyo,
diciendo: “la forma de liberarnos de
estas decepciones, es esperar sólo aquello que ocurre”.

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